Es en todos los instantes de cada día, rutinarios y simples casi siempre, donde podemos transformarnos para bien de nosotros mismos y de los demás. Basta con convertir lo que hacemos, por nimio que sea, en alabanza y gloria del Dios que nos ama y que nos impele a amar a los demás. No se nos pide que hagamos cosas heroicas, sino que lo que hagamos esté impregnado de bondad y entrega.

Lucas 16,19-31
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y

