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El Señor nos envía a cada uno de nosotros su Espíritu, no parece hacernos iguales en todo, sino para guiarnos de forma individual. Con nuestras singularidades. Porque no quiere que seamos una masa uniforme, sino obras originales. Cada una con sus señas de identidad propias. Al igual que no hay dos cuerpos exactamente iguales, no existen dos cristianos que vivan la fe de forma idéntica. Coincidimos en los fines, buscamos la misma meta, pero cada cual ha de ir por el camino que le corresponde. Eso sí, guiados por el Espíritu que nos impele a amar a Dios y a los hermanos.

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