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Si admitimos nuestra pequeñez, podremos llegar a las más altas cumbres, siempre que contemos con el auxilio del Señor, que está dispuesto a seguir empujándonos con su amor sin límites. Siempre lo hace. Con nuestras propias fuerzas, no llegaremos lejos. Somos débiles, imperfectos, carecemos de coraje suficiente para avanzar. Por eso necesitamos que Dios nos dé fuerzas. No rehuyamos su ayuda, que siempre nos viene muy bien.

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Un día, estaba Jesús enseñando, y estaban sentados unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén.

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Cerca de Jerusalén, san Sabas, abad, que, nacido en Capadocia, se retiró al desierto de Judea, en donde fundó un nuevo estilo de vida eremítica

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