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Cristo entra en estas realidades no para juzgar, sino para liberar; no para culpabilizar, sino para salvar – León XIV

El amor verdadero no oculta las realidades que vemos en cada persona con la que nos encontramos. Cristo conocía a sus discípulos. Sabía que le dejarían solo cuando fue apresaron. Incluso anunció a Pedro que le negaría tres veces. Pedro, el discípulo a quien había encomendado cuidar de todos los demás. Y no tuvo el coraje de decir que sí conocía al Maestro. Y Judas, el que le entregó por unos dineros. Jesús no juzga, sino que perdona. No culpa a nadie, aunque renieguen de él y le entreguen. Jesús quiere que todos nos liberemos de los pesados fardos que asfixian nuestras vidas. ¿Y nosotros juzgamos o ayudamos, culpamos o perdonamos?

 

Los medios de comunicación nos inundan
con relatos en los que se detallan las mil y una formas de esclavitud
a la que son sometidas muchas personas:
Trabajadores explotados por directivos y empresarios,
empleados que realizan labores que corresponden a compañeros vagos,
niños que son abusados,
mujeres y hombres violentados,
creyentes que sufren la manipulación de sus conciencias,
seguidores de líderes que son engañados con doctrinas erróneas,
ciudadanos de a pie privados de servicios esenciales por culpa de administradores públicos…

Una cena, la última, que celebraste, Jesús, con los que te acompañaban.
Como colofón: te arrodillas ante cada uno y los lavas los pies.
Es gesto de máxima humildad.
El Señor, el Maestro, el Rey que tú eres
convertido en esclavo de los que te deben servir.

Para que me entere bien de lo que tengo que hacer:
¡tengo que lavar los pies a los demás!
Señor, ¿no estás pidiendo mucho?
Reconozco que a menudo me cuesta.
Porque lavar los pies a los que me rodean no es solamente echarles agua,
sino arrodillarme ante ellos y reconocer:
que debo perdonarlos cuando me ponen de los nervios,
que he de callarme las críticas si hacen algo que no me gusta,
que he de poner la otra mejilla cuando me abofetean en una,
que he de compartir lo que tengo sin alardear de ello,
que he de preferir complacer a ser complacido,
que he de servir y no ser servido
y amar aunque sea maltratado y odiado.
Como es mucha tarea, Señor,
y mis fuerzas son pocas y flaquean,
lávame por entero
para que, limpio y despojado de mi soberbia,
me acerque humildemente a los demás
para servirlos como tú quieres que los sirva.

José Serrano Álvarez
(Rezando al caer de la tarde)

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