La paciencia de Jesús con cada uno de nosotros es inmensa. Nunca nos da por perdidos, aunque cometamos las mayores barrabasadas. Siempre nos espera. Con paciencia y amor de padre. Porque por nosotros sufrió y entregó su vida. Sabe perdonarnos y olvida nuestras traiciones. A su ejemplo, seamos pacientes con los que nos caen bien. También con los que no son de nuestro agrado, incluso con los que se consideran enemigos nuestros. Nunca deseemos el mal a nadie, sino todo lo contrario. Procuremos ser buenos con todos, incluso con los que no lo son con nosotros.

Marcos 1,40-45
En aquel tiempo, se acerca a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: -«Si quieres, puedes limpiarme.» Compadecido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: -«Quiero:

