Los halagos de los hombres no deben ser nuestra preocupación nunca. Porque a quien tenemos que complacer es a ti, Señor nuestro. Tú nos pides que vivamos conforme al mensaje que nos has dejado: que te amemos con todo el corazón, sin reservarnos nada de él para nosotros, y que veamos en los demás tu rostro y no demos la espalda a sus necesidades espirituales y humanas. Ayúdanos con tu gracia, porque nosotros somos débiles y, con nuestras únicas fuerzas, poco podemos hacer.

Mateo 11, 20-24
En aquel tiempo, se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho la mayor parte de sus milagros, porque no se habían convertido:

